“En 1974, Lotte Eisner es hospitalizada en París en un estado grave. Historiadora del cine, es autora de obras decisivas sobre el cine alemán. Al enterarse de su estado, el cineasta Werner Herzog, recuperando de manera profana la tradición de la peregrinación votiva, decide que aún no ha llegado la hora de la muerte de Lotte. Mediante un acto propiciatorio, un sacrificio, lleva a cabo un intercambio simbólico con la muerte para que ella viva.”Tomé un saco, una brújula, una bolsa de lona y los implementos indispensables. Mis botas eran tan nuevas que me inspiraban confianza. Me puse en camino hacia París por el camino más corto, con la certeza de que ella viviría si yo iba a pie”. Durante tres semanas, Herzog camina a contracorriente del mundo contemporáneo, saltando las cercas, atravesando los campos, los bosques, siguiendo en ocasiones la orilla de las carreteras, cediendo incluso a la tentación de un “aventón” en algunos tramos cortos. Atraviesa pasajes atenazados por el frío, la nieve, el hielo o la lluvia. La brújula guía sus pasos. Cuando cae la noche, rompe las puertas de casas de campo, se hunde en la paja de los establos o renta un cuarto en un albergue. Agotado, con los pies adoloridos, con frecuencia helado o empapado, a veces atemorizado por ruidos que no reconoce, camina contra la muerte de una amiga, contra el tiempo, con sus medios de hombre apostando a una especie de soberanía del corazón. El relato de esta caminata invernal está cubierto de anotaciones que evocan un mundo en decadencia, en vías de agotamiento, de dislocación, itinerario visionario en el que el tiempo y el espacio parecen confundirse. Mundo de intersignos que sólo el caminante percibe puesto que está lejos de la luz de los proyectores que lo obligarían a interpretar un papel en la escena social; se encuentra entre los mundos, entre las ciudades y los pueblos, caminando a su ritmo de hombre, apropiándose físicamente del espacio en un largo cuerpo a cuerpo con la tierra. Numerosas situaciones le causan sorpresa: el comportamiento insólito de los hombres y de los animales; algunas veces es el paisaje mismo, como si el hecho de haber experimentado a tal punto el peso del mundo permitiera una forma de videncia y no solamente una mirada. La tentación de abandonar la caminata y de tomar el tren a París es frecuente, pero Herzog llega finalmente a la cabecera de Lotte Eisner. “Entonces, me miró con una sonrisa delicada y, como ella sabía que soy de los que caminan, me entendió. Durante un instante fino y breve, algo dulce atravesó mi cuerpo extenuado. Le dije: abra la ventana, desde hace algunos días sé volar”
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Godzilla by Daniel Nash